De esos soberbios. Que no hablan, pero expresan por demás. Que putean casi en silencio, murmuran y refunfuñan con un "tsss" cada 10 segundos como si tuvieran restos de comida entre los dientes. Y el olor a pucho te desmaya.
Si. Esta es una historia de esos...
Si. Esta es una historia de esos...
Sabemos que debemos al azar muchos de nuestros encuentros con tacheros (y ahondo en el término "muchos" porque creo que con las nuevas tecnologías disponibles para acceder a este servicio, seguramente algunos ya hayan escogido a sus choferes preferidos y los tengan al alcance de un "clic", casi al alcance de la mano, por ello no puedo asegurar casi nada acerca de la casualidad de todos nuestros cruces).
Y somos totalmente conscientes de que pueden aparecerse frente a nosotros también todo tipo de personas y vehículos. Recuerdo con especial esmero la historia de una amiga que llegó a detallarme cómo ya dentro del taxi al que había subido en una oportunidad descubrió que había cucarachas caminando en el asiento trasero, casi como involuntarias compañeras de viaje . Seguramente contaré esta historia más adelante si ella me lo permite...
Pero quien nos convoca a la historia de hoy es un cincuentón (tal vez incluso menor, pero aparentando a una persona de mayor edad debido a sus modismos) cuya "oficina móvil" - como alguna vez llamara otro chofer a su auto - apestaba a encierro y cigarrillos. A mil horas de encierro, y a otros mil cigarrillos, quizás.
Y somos totalmente conscientes de que pueden aparecerse frente a nosotros también todo tipo de personas y vehículos. Recuerdo con especial esmero la historia de una amiga que llegó a detallarme cómo ya dentro del taxi al que había subido en una oportunidad descubrió que había cucarachas caminando en el asiento trasero, casi como involuntarias compañeras de viaje . Seguramente contaré esta historia más adelante si ella me lo permite...
Pero quien nos convoca a la historia de hoy es un cincuentón (tal vez incluso menor, pero aparentando a una persona de mayor edad debido a sus modismos) cuya "oficina móvil" - como alguna vez llamara otro chofer a su auto - apestaba a encierro y cigarrillos. A mil horas de encierro, y a otros mil cigarrillos, quizás.
Haciendo alarde de mi fe (y de la necesidad urgente que tenía de tomar ese servicio), hice "tripas corazón", y cerré la puerta a mi lado, mientras secretamente deseaba una seguidilla de semáforos en verde sin fin, con tal de pasar allí el menor tiempo posible.
Es sabido que me encanta escuchar las historias que los tacheros tienen para compartir, pero también soy capaz de reconocer cuando no quieren hablar. Es algo que respeto fervientemente, porque también poseo momentos en los cuales prefiero que la interacción humana sea casi nula. (En caso que se preguntaran, si...soy de las que tienen "ese" carácter...pero no nos desvíemos...).
Además éste no era precisamente un viaje en silencio: cualquier dibujante de historietas se hubiera dado el gran festín con mi personaje al volante, al cual las onomatopeyas parecían emergerle sin fin.
Había suspiros, chistadas, murmullos, resoplidos, alguna que otra palabra inentendible. Lo único realmente audible con casi absoluta claridad eran las puteadas a peatones y conductores por doquier, con y sin lógica. Pero creo que a esta altura la lógica ya no le importaba nada a mi conductor.
Hablaba en un tono grave, central, profundo pero a la vez hueco.
El tenía la razón. En todo. Siempre.
Estoy segura de que fue un viaje corto, aunque resultara eterno para mí, cuasi una tortura. Descendí del coche tan rápidamente como pude, y de la misma manera el taxi desapareció frente a mi. Creo que esta vez no me hice de un amigo. Pero no deja de ser otra historia de este #MundoTacho.
Es sabido que me encanta escuchar las historias que los tacheros tienen para compartir, pero también soy capaz de reconocer cuando no quieren hablar. Es algo que respeto fervientemente, porque también poseo momentos en los cuales prefiero que la interacción humana sea casi nula. (En caso que se preguntaran, si...soy de las que tienen "ese" carácter...pero no nos desvíemos...).
Además éste no era precisamente un viaje en silencio: cualquier dibujante de historietas se hubiera dado el gran festín con mi personaje al volante, al cual las onomatopeyas parecían emergerle sin fin.
Había suspiros, chistadas, murmullos, resoplidos, alguna que otra palabra inentendible. Lo único realmente audible con casi absoluta claridad eran las puteadas a peatones y conductores por doquier, con y sin lógica. Pero creo que a esta altura la lógica ya no le importaba nada a mi conductor.
Hablaba en un tono grave, central, profundo pero a la vez hueco.
El tenía la razón. En todo. Siempre.