miércoles, 24 de enero de 2018

Historias de Tacheros: Razones y Caprichos o cómo llegamos hasta acá

A veces uno se encuentra con personas que te dejan una historia…
Puede ser el mero hecho de que te intrigue, y quieras entablar una conversación, o sólo quieras escuchar. 
Puede ser porque sólo busques un momento de cordialidad con un extraño. 
Puede ser porque en tu creencia más recóndita y esotérica, sos de los que piensa que a fin de cuentas si alguien se cruza en tu camino debe ser con algún objetivo oscuro del destino (o como prefieras llamarlo).

Y a mi me pasa…
Me pasa un poco de cada una de las instancias que explicaba arriba. Algunos días pesa más la curiosidad, otros la amabilidad y otros el creer que hay algo más profundo en este universo que simplemente no somos capaces de entender.
De esta forma, me animo a hacer un compilado (esta palabra me genera cierto desdén, como si la calidad de las historias que pueda reunir no fuera lo suficientemente buena…aunque creo verdaderamente que en el fondo me asusta no poder tener la suficiente gracia literaria para contarlas sin que se marchiten) de las anécdotas que he ido viviendo en un solo sitio: El taxi.

Y vaya que es un lugar más que original para encontrar historias. 
Tanto es asi que hasta un famoso cantante latinoamericano ha hablado de la historia del taxi, donde en la letra de su melodía subyace una historia de amor…y de cuernos. Bueno, también tengo una historia que me han contado de esas... Ya les hablaré al respecto.
Pero antes quisiera dedicarle un momento al personaje del taxista, y aquí me limito a hablar de personaje porque prefiero separar a la persona real de la historia que me cuenta, no a los fines de desdramatizar ciertos relatos cuyo contenido emocional es altísimo…sino porque prefiero que ellos queden en el anonimato.
Me gusta saber sus nombres, eso seguro, y es algo que siempre intento averiguar apenas me subo a un taxi, porque me genera confianza saber con quien estoy hablando. Pero prefiero que queden en esta selección como caracteres de un cuento de vida.

Conocer su nombre es saber al menos un dato mínimo de quien está tras el volante. Dato cuasi público de quien va a liderar tu viaje y va a tener tu vida en sus manos por unos momentos. ¿Cómo no es posible considerar eso una relación? Y esa relación entre chofer y pasajero que se genera en esos minutos de viaje puede llegar a ser mucho más honesta que cualquier otro tipo de interacción humana.
Pero ya me fui de tema. Querido lector, pido disculpas, puesto que esto es un defecto narrativo que ya viene conmigo. Le pido disculpas por la distracción, pero suelo escabullirme por las ramas. Lo único que puedo asegurarle en esta instancia, si es que continúa leyendo, es que sin duda lo volveré a hacer. Disculpas por adelantado nuevamente!

Volviendo a nuestros protagonistas de estas historias, ellos son hombres y mujeres, que trabajan duro, casi siempre muchas horas, a veces, demasiadas. Que tienen que lidiar con el tránsito de esta hermosa y loca ciudad que es Buenos Aires. Quienes también tienen que soportar muchas veces el humor de sus pasajeros (no siempre afables). Y además, tratar con su propio humor: nadie en su sano juicio tiene el mismo humor dos días seguidos…ni hablar de mantener un “mood” estable en las 24 horas que se nos escurren entre salir de casa a la mañana y volver a la noche.
La verdad es que cada uno con sus propios conflictos y tribulaciones hace lo que puede por sobrevivir arriba del auto día a día. Y nada más alejado de mi intención con estos relatos es que se sientan ofendidos, maltratados o perjudicados por estas historias. Por eso obviamente no tendremos nombres, sino títulos de fantasía.
No creo que llegue a suceder, pero si de casualidad, alguno de ellos se encontrara reflejado en mis cuentos, espero no lo tome a mal, sino que comprenda que su historia fue tan importante para mí que aún la recuerdo con el aprecio sufiente como para intentar, y solo intentar, contarla lo más fielmente posible a quien quiera leerla.

Sin más preámbulos, estas son Mis Historias de Tacheros.

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