lunes, 29 de enero de 2018

El Tachero Amante

¿No les ha pasado alguna vez que se sintieron, sin quererlo, confidentes de un extraño? En general, esto me suele suceder a menudo. 
Vaya uno a saber la razón por la cual lo eligen para contar algo que nunca habían dicho... y a mi me ocurre seguido. Y sobre todo si es arriba de un taxi.

Puede parecer una locura que contar un secreto a un extraño sea una empresa mucho más sencilla que decirlo a alguien con más cercanía. Existe, obviamente, una explicación psicológica (materia que nunca aprobaré teóricamente, pero de la cual casi podría explayarme empíricamente) que indica que nos sentimos más juzgados por el ojo de aquel que bien nos conoce, y a la inversa, el anonimato de un interlocutor desconocido nos otorga un manto de protección. 

Y en este caso, yo soy la desconocida perfecta.

Perfecta para alguien que se dirime entre dos amores, que no puede elegir entre dos pasiones, alguien que lleva una doble vida (con todo el peso que ello conlleva), alguien a quien le ha sucedido lo que a muchos otros en la historia de la humanidad: el hecho de no poder elegir entre el amor de dos mujeres. 

Así comienza la historia de mi tachero, un hombre joven, dudo que alcanzara los 40 años de edad y quien no deja de recibir llamados telefónicos para lo que pareciera ser el arreglo de una cita con una mujer. Hasta ahí, una situación normal en la vida de hombre, digamos. 

Mi curiosidad se despierta en el momento en que el muchacho al volante recibe otra llamada (de más está decir que me molesta soberanamente hablen por teléfono sin usar el manos libres mientras conducen con pasajero, con lo cual me sentí en todo mi deber de prestar atención al llamado), y mientras mi hombre coordina otra fecha y lugar (claramente con otra señorita), no cesan de llover los mensajes de texto a su teléfono.

"Wow", pensé en lo solícito de este caballero. 

Y como si pudiera oír mis pensamientos se voltea a verme y me dice:
- "Ya no sé que hacer con las dos. Me estoy volviendo loco. Mi novia de toda la vida lo sospecha y creo que ya no se lo puedo ocultar más. Y esta chica me vuelve loco, no puedo dejarla."

Dando rienda suelta a mi nuevo papel de consejera (?) le pregunto qué siente por cada una. Y que si no le resulta posible elegir es porque en realidad sólo ama parte de ellas, y a ninguna en su totalidad. (¡Ni siquiera yo se de dónde salió tamaña reflexión! Pero suena bastante lógica, ¿no?).

Mi viaje era corto con lo cual su resumen fue concentrado al máximo nivel, mientras me hablaba de las bondades de cada una de sus dos mujeres.

Nunca supe cuál fue su decisión final, pero sí sentí que la chica de la cual  estaba verdaderamente enamorado era de la última, y no de su novia de toda la vida, de la cual hablaba con una extrema adoración pero sin pasión. Como quien mira una obra de arte y se queda extasiado por su belleza y lo que ella transmite. Pero sólo es la pintura la que irradia esa energía, y el observador no puede más que contemplarla en todo su esplendor, pero sin animarse a tocarla, sin hacerse de ella. Como si ella perteneciera a un pedestal, o a esa pared, y no a la realidad.

Y el amor, para mí, si carece de pasión, se transforma en aprecio. Pero si la pasión existe (o existió en alguna oportunidad) y todavía hay un cariño profundo y latente, aún acabándose, ese sentimiento que nos deja es el del amor real, honesto.

A veces el amor se presenta en las formas más extrañas, en las personas que jamás te hubieras imaginado. Casi sin quererlo. Y muchas veces lo único que hace falta es tiempo para conocerse. Sólo hay que darse la oportunidad de ver más allá. 

Porque ya lo decía nuestro querido Principito "Lo esencial, es invisible a los ojos", a lo que agrego "por eso, dejá que te guíe lo que en verdad estás sintiendo, que tan malo no puede ser".

Espero que mi tachero amante haya finalmente encontrado ese camino. 

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